Coronavirus y Economía (I)

Jorge Jordana. Director de MGEA

Tengo la sensación de que, a lo peor, no somos todos conscientes de la profundidad de la crisis en la que estamos. Sin duda es el fenómeno que ha implicado negativamente a más personas desde la II Guerra Mundial, con unos devastadores efectos económicos tampoco conocidos nunca, fuera de los conflictos bélicos. Algunos creen que se le puede llamar estado de guerra, aunque de una guerra peculiar: el enemigo a batir es un virus, mortal para el ser humano.

Y en esa perspectiva, como en todas las guerras, las primeras acciones deben ser abatir al enemigo y defender  a la sociedad de sus efectos a corto y medio plazo. Al enemigo se le puede ir derrotando utilizando la ciencia para buscar fármacos que lo combatan, pero la paz solo se alcanzará cuando se obtenga la vacuna, posible, dado que pertenece a una familia de virus en  los que se han obtenido vacunas en episodios pasados.

Y aquí hay que resaltar que nuestras autoridades han actuado con rapidez sacando una convocatoria de financiación prioritaria de proyectos de investigación destinados a aumentar nuestro arsenal de tratamientos médicos contra en Covid19.

Hay importantes compañías farmacéuticas y centenares de grupos de investigación buscando el arma definitiva, pero nadie pronostica su obtención antes de un año ni que la inmunidad de una parte significativa de la sociedad se consiga antes de año y medio, cuando se disponga del número suficiente para tratar los grupos de riesgo. Lo esperable es que la paz se alcanzará al fin del 2021. Si alguien acorta este plazo será bienvenido.

Prioritario también defender la sociedad. No es mi deseo juzgar si las cosas se han hecho en forma y tiempo correctos, pero las medidas adoptadas, reforzamiento de los servicios sanitarios, búsqueda y utilización del material de protección, confinamiento de la población y mantenimiento de los servicios básicos son las que había que tomar para “salvar a las personas”, misión básica de cualquier sociedad humana.

A mí me sorprende leer en los medios de comunicación que juristas de prestigio ponen en duda la legitimidad jurídica de cerrar negocios o se les prohíba salir de sus casas para deambular. Es posible que el instrumento legal que se ha buscado (Estado de Alarma) sea insuficiente, pero esto es una guerra y, en ellas, hay que tomar las medidas que sean necesarias aunque limiten nuestros derechos individuales.

Cuando una población se ve inmersa en una situación extraordinariamente traumática, como es una causa bélica, los psicólogos encuentran diversas situaciones anímicas: la conformidad informativa, el estado de supervivencia, el estrés postraumático y la vuelta a la normalidad.

El individuo medio es una persona poco y mal informada. Ni suele seguir los acontecimientos generales, ni tiene capacidad para analizarlos y anticipar sus consecuencias. Cuando se encuentra inmerso en un problema para él sobrevenido, entra en pánico y su conducta se mueve por “conformidad informativa”  por lo que hace, lo que hacen  los demás. Es obvio que hay que seguir comiendo…y acumula, hasta papel higiénico si ve que los demás lo hacen. Dura pocos días. Van recibiendo una información más concentrada en el conflicto y muestra más interés en informarse, dándose cuenta de que el conflicto puede durar y entra en su nuevo estado: “supervivencia”.

Adopta una actitud más resistente, pasiva. Domina la tensión, pero esta existe, se altera su sueño y modifica sus pautas de consumo. No se sabe lo que deparará el futuro y por ello se ahorran las energías vitales y las  económicas.

Cuando se alcanza la paz, no cuando acaben los confinamientos, y dependiendo de la duración del estado de supervivencia, se puede tender a repetir las pautas de consumo anteriores, pero venciendo el estrés postraumático, mas manifiesto en los mas expuestos: sin considerar la disminución de las rentas individuales, tal vez la gente joven, menos castigada, volverá a los bares con prontitud. Los mayores no. Tardaremos en volver a tener confianza en estar en contacto con la gente y volver a tener deseos de coger un avión o de hacer un crucero. ¿Se entiende por qué? Podemos tener un decalaje de otros seis meses: estamos en el verano de 2022.

Mientras no se alcance la paz, además de los objetivos indicados hay que mantener la capacidad de abastecer a la población de los recursos mínimos necesarios y salvar al tejido productivo, para que cuando se alcance, la recuperación pueda ser lo más rápida posible.

Toda la cadena agroalimentaria esta brillando por su entrega y eficacia. Entrega al trabajo y a la exposición al contagio. Personas extraordinarias que cumplen cada día con lo que es su desempeño. Hemos pasado de ser invisibles, y alguno de sus eslabones vilipendiados, a estar en la admiración de la sociedad, aunque, mucho me temo que los humanos tenemos escasa memoria colectiva.

Pero la cadena agroalimentaria tiene una extraordinaria complejidad: no solo es agricultura, pesca, industria y comercio minorista, hay miles de actividades formando parte de la red, todas necesarias para que el conjunto funcione. Si no hay plásticos, no hay envases y sin ellos no hay envasado. Y no veo que se estén tomando las medidas protectoras con la rapidez, contundencia y sentido común necesarios. Sé de comunidades autónomas en las que se ha incautado en las empresas agroalimentarias material de protección de los trabajadores, cuyo uso está obligado por ley. O pequeños envíos de mascarillas para nuestras empresas que se han confiscado en los aeropuertos.

Los camioneros se siguen quejando de que no pueden comer caliente en ruta o que carecen de instalaciones de aseo y veo en los supermercados reponedores sin la debida protección. Todos  son esenciales para que todo funcione en la cadena.

Pero no todas las actividades del sector siguen teniendo clientes y flujos de pagos y cobros. Algunos están al borde del colapso. El canal HORECA (Hostelería, Restauración y Catering) absorbía unos 37.000 millones de euros de productos agroalimentarios. Un tercio del consumo interior. Algo está creciendo el consumo doméstico, pero hay producciones enormemente afectadas: pescado fresco, acuicultura (mejillones), bebidas (aguas, cervezas, vinos, espirituosas), flores, productos frescos de corta vida comercial (fresas), carne de vacuno mayor, cochinillo, cabrito, lechal, ternasco, quesos, chacinas y producciones de  muchas pequeñas empresas que se habían instalado en alta gama o en la producción ecológica.

Y está el problema de los trabajadores temporeros, a los que se les ha dado una solución muy poco lógica, posiblemente por impregnación ideológica. Las exigencias contenidas en la legislación adoptada, hacen inviable las opciones abiertas: ni los temporeros del sur pueden desplazarse al norte, como siempre se ha hecho, ni se da oportunidad a los implicados en los Ertes recientes o  a los autónomos desocupados. Su exclusión carece de sentido común.

Y algo se debería estar haciendo para mitigar estos impactos, pues, de no hacerse, se seguirá profundizando la España vaciada.

Fuente: MGEA